PALMIRA

Indicadores Generales
Altitud:1001 metros sobre el nivel del mar.
Temperatura: 23 Grados Centígrados.
Extensión: 1.123 Km2.
Población: 283.431 Hab. Aprox.
Año de Fundación: 1680.
Fundador: Francisco Rengifo Salazar, en "Llano Grande" en donde se edificó una capilla.
Municipio Desde: 1824.
Características Geográficas: Tiene una zona Plana al occidente del municipio y una Montañosa al Oriente.
Ríos Principales: Cauca, Agua Clara, Amaime, Bolo, Fraile, Nima, Palmira y Toche.
Actividad Económica Principal: Agricultura, Ganadería, Centro Comercial, Industria y Agrícola, Comercio y Minería.
Productos Principales: Plátano, Caña de Azúcar, Panela, Miel, Cacao, Soya y Maíz.
Atractivos turísticos: Transporte en Victorias, Parque de la Caña , Balnearios, Estaderos y Discotecas.
Fuente: "Palmira; esta es su historia" de Alberto Silva Scarpeta, Miembro de la Academia de Historia del Valle del Cauca) - Documento GEA - UR. Universidad Nacional) - Documento Técnico de Soporte POT Palmira.
Palmira Prehistórica
Al realizar los trabajos de remoción de tierra para la construcción del Aeropuerto Internacional de Palmaseca en Palmira, las retroexcavadoras pusieron a flor de superficie los restos de un Mastodonte que vivió hace más de 10.000 años. Estos restos de fósil junto con los proyectiles de piedra, molares y costillas de otros mastodontes encontrados en diversos sitios del Valle del Cauca, reposan en el departamento de Biología de la Universidad del Valle. Son mudos testimonios de la vida de cazadores que practicaban esos agrestes palmiranos y vallecaucanos. Los primitivos habitantes de la geografía vallecaucana habían llegado desde el continente asiático hasta América por el norte, por el estrecho de Bering, después de la última glaciación de Wisconsin, a su vez el último avance glacial del cuaternario hace aproximadamente 30.000 años. Una docena de milenios más tarde ya se encontraban viviendo en el actual territorio del Valle del Cauca, donde habían encontrado un singular entorno, al cual se adaptaron en un largo proceso hasta la llegada de los conquistadores españoles.
La alborada de la especie humana en la América del Sur, debió ocurrir hace 12.000 años. A la llegada de los primeros humanos al Valle del Cauca y a Palmira, encontraron un teatro donde prevalecían los vestigios de un antiguo lago o quizá un mar interior, el cual buscaba su desagüe afanosamente, encontrándose en una etapa de secamiento que indudablemente mostraba un aspecto cenagoso, donde era manifiesta una megafauna, la cual sirvió como fuente de alimento para su subsistencia.
Palmira Prehispánica
En el año 2.500 antes de Cristo, en lo que es hoy el Municipio de Palmira, se formaron diversos asentamientos como el de Malagana, prodigiosa manifestación de cerámica, orfebrería y comercio indígena, que los conquistadores nunca sospecharon encontrar y jamás encontraron 4.000 años después cuando Juan de Ampudia observó en su estado natural la planicie vallecaucana.
El área de lo que actualmente se conoce como Palmira estaba habitada por las siguientes tribus: Chinches, Auguíes, Capacaris, Guacaríes y Anaponimas. Tribus cazadoras y recolectoras, habitantes de una selva espesa y cenagosa, donde conseguían lo elemental para su supervivencia. Practicaban una agricultura rudimentaria. Conocían los ciclos agrícolas, el uso del suelo, lugares de siembra, las estaciones y ciclos de lluvias. Cultivaban el maíz, frijol, yuca y la ahuyama.
La mayoría de las tribus se encontraban establecidas en la Cordillera Central y Occidental.
La Villa Colonial
Luego de la Fundación de Cali, en la conquista española, los primeros colonos encabezados por Francisco de Cieza, avanzaron y acamparon a finales de 1536 en el sitio que años después denominarían Llanogrande, en la margen derecha del Río Cauca. Posteriormente las siguientes generaciones dieron por llamarla "La Otra Banda". Allí ampliaron los primeros claros de monte y desplazaron inclementemente a los indígenas. Así comenzó a formarse la Villa de las Palmas. En esta selva se dio paso a una de las tierras agrícolas que hoy son orgullo de Colombia.
Luego de varios años de historia donde confluyeron indígenas, españoles y negros esclavos traídos del África, las tierras donde hoy se encuentra Palmira fueron testigo del trabajo de hombres pujantes que fueron talando la selva, establecieron primero las rozas de maíz para luego dar paso a la siembra de pastos naturales. De esta forma se llegó a la formación de grandes hatos ganaderos, que luego dieron paso a los fundos trapicheros y luego a los ingenios azucareros que hoy por hoy constituyen una de las principales bases de la economía palmirana. El maíz, la gramínea que América le aportó al mundo, era fuente primordial de alimento para los aborígenes americanos y por supuesto vallecaucanos, desde milenios antes de la llegada de los españoles.
Así, fue formándose lo que hoy es Palmira, tal vez, por que su perímetro estaba cercado por innumerables palmas zanconas, las cuáles se convirtieron en su signo hasta el fin de sus tiempos. De esta manera, se podría pensar que la Capital agrícola de Colombia y segunda ciudad del departamento, fue fundada en 1680.

UN PALMIRANO QUE INVENTÓ SU MUNDO

Recorriendo la geografia del fertil Valle del Cauca, una region de Colombia que goza de una riqueza paisajistica reflejada en el verdor de sus planicies, en la vegetacion de sus montanas y el esplendoroso sol que ilumina sus playas del oceano Pacifico, nos encontramos en uno de esos caminos a orilla de carretera a un hombre vestido con el traje de la aventura y calzado con las sandalias de la libertad, que desde muy pequenio hace un poco mas treinta anos, decidio escoger un estilo de vida diferente a los demas, construyendo su propio mundo, haciendo, de lo que para muchos es chatarra, para el toda una creacion de un mundo diferenciado por la creatividad.
De esta manera fue que nos acercamos a conocer el mundo de Willian Artunduaga, un Colombiano nacido hace 41 años en la ciudad de Palmira Depto. del Valle del Cauca - Colombia.
Willy, contemplando el paisaje, desde la terraza de su propio invento
ASIIP - cuando empezo usted a pensar en llevar un modo de vida diferente a las demas personas.?
WA - desde que estaba nino la mentalidad mia era la de vivir diferente al comun de las persona, recuerdo por ejemplo que cuando era pequeno, decidi hacer una casa para vivir en un arbol y toda la gente en el barrio comentaba sobre la casa del palo, por eso es que yo digo siempre que he vivido lo de la casa en el aire.
ASIIP - bueno y como comenzo usted a desarrollar la idea de construir la casa-carro que tiene?
WA - desde los doce anos me fui de la casa a andar el mundo y desde ese momento comence a ir desarrollando la idea de hacer una casa donde pudiera viajar y tener todo para vivir. Fue con un motor de una moto que empece a hacer la casa, era todo muy pequenito.
ASIIP - quien le ha ayudado a usted?
WA - este carro se ha hecho con la ayuda de todo el mundo, porque aqui vienen a ver y yo les enseno todo lo que tiene y la gente me dona cualquier moneda o billete y con esos recursos es que yo he hecho todo.
ASIIP - cuanto pesa el vehiculo y que tiene?
WA - pesa diez toneladas y tiene un carro-tractor contiguo. Ademas la casa-carro tiene todos los servicios: tres cuartos, bano, cocina, fogon con lena, terraza, comedor, fogon con gas, recoge las aguas lluvias para su utilizacion, tiene paneles para tomar la energia solar y planta propia de energia. Practicamente es autosuficiente y aqui ademas no me llegan recibos de pago de nada. Tambien le tengo un lugar a mis gallinas y perro.
ASIIP - no se siente a veces solo, como hace para enfrentar la soledad en su mundo?
WA - mi mundo es de nomada, me gusta la soledad. Ademas no me agrada luchar con el mal genio de nadie, por eso he creado mi propio mundo para vivir como yo quiero. Ahora esto no es facil, porque hay que ser muy entregado para ser lo que uno quiere ser y eso no lo puede hacer todo el mundo.
En la grafica, Willy recibe a los viajeros y periodistas de ASII PRENSA, Alonso y Marco Antonio
ASIIP - que anecdotas o situaciones curiosas, puede compartir de su experiencia?
WA - en un mundo de estos, se vive una fantasia y no tienes problemas con nadie ni con nada. En carretera lo mas curioso es cuando voy a pasar un peaje y mi vehiculo no esta en estadistica de nada, pues es un carro y no lo es. Entonces pasa como un vehiculo extrano y por eso nadie sabe cuanta tarifa paga en el peaje, haciendo espera de hasta quince minutos y mas. Yo creo que tengo el unico carro que hace cola larga para pagar peaje.
ASIIP - pero entonces al final que hacen las autoridades con usted y su carro?
WA - a mi las autoridades no me piden papeles del carro, pues ademas tampoco los tiene, a mi en vez de pedirme pase me dicen que pase. Las mismas autoridades al final terminan sorprendiendose y admirandome.
ASIIP - cual es su sueno mas inmediato?
WA - uno de ellos es colocarle un motor mas grande, porque el sueno es recorrer toda Colombia y Suramerica.
ASIIP - que le falta a usted para sentirse plenamente satisfecho?
WA - yo me considero que tengo todo lo que el hombre desea, aunque de sea de chatarra, pues yo me siento realizado de vivir como queria de una forma autosuficiente, pues la mia es la creacion de un mundo diferenciado por la creatividad .
POR: Alonso Moreno Saenz y Marco Antonio Reyes
Produccion Fotografica: Alonso Moreno Saenz
EN LOS HOMBROS DEL SAMÁN
El arca de los sueños
por. Mauricio Cappelli

William Artunduaga construyó una enorme casa rodante con chatarra, montó allí su vida, la llevó a pasear, hizo en ella el mundo a su manera, murió de cáncer en la garganta. Era el segundo de siete hermanos. Susana Espinosa, su mamá, tuvo que levantar sola el hogar. Cuando estaba embarazada de William leía mucho acerca de John F. Kennedy; lo admiraba; comía mucho hígado. El nene nació pesando doce libras.
Cuando William tenía cuatro años ya era dueño del solar donde hacía casas subterráneas junto al árbol de mangos, “vamos a vivir en el aire” decía. Cuando cumplió seis le anunció a su mamá que quería un carro. Ella le contestó, con toda humildad, que no tenía dinero para dárselo. Él le dijo, “no, amá, es que yo lo quiero hacer”. Pronto hizo su primer gran viaje: le puso rodachines a su cama y se fue con ella para el patio. No le gustaba estudiar, pero si sacar todo de los cajones para hacer experimentos, cosas que explotaran. Se puso meditabundo. “Qué piensa, mijo”, le preguntaba ella. “En la vida, mamá, en la vida”. Luego le confesó que quería irse a recorrer el mundo. Ella le alzó la carita: “después de que usted no ofenda a Dios ni a nadie con lo que quiere hacer, arranque; sea lo que quiera, pero sea el mejor”. Cuando yo era niño a mi nadie me decía esas cosas; a cuántos niños palmiranos les dicen hoy esas cosas. El segundo viaje de William fue a Buga, halando en patineta una casa del grande de un carrito de helados. El tercero fue al sur; iba por La Panamericana muerto del cansancio cuando una señora lo alzó hasta Pasto. Tenía once años. Luego viajó en una patineta con motor hasta Bucaramanga, donde trabajó en apicultura. Regresó flaco a Palmira y fabricó una bicicleta con motor y partió para la costa donde vivió con pescadores.
Con los años consiguió un motor más grande y una hamaca y una tele y un baño y un tanque de mil litros en el que recogía agua de lluvia y una cocina donde hacía pan de soya, hasta completar su casa del tamaño de su libertad, su arca de los sueños. Cuando viajaba y pasaba por los peajes no sabían qué hacer; los policías le daban plata. Ahora que se fue más lejos debe ir por un lugar lleno de árboles, agregando con sus ojos cosas al paisaje, a ese ritmo suyo que los seres humanos de ahora no entienden, porque arrastran con sus celulares, tarjetas de crédito y corbatas toneladas de estupidez. Uno viaja como puede; y yo lo hago con las palabras, que también sirven para dar las gracias. Gracias William.
Artículo publicado por Mauricio Cappelli, escritor y poeta palmirano, en el semanario Palmira Hoy de el periódico ‘El País’, días después del fallecimiento de nuestro personaje.
Disponible en: http://www.elpais.com.co/elpais/edicion_impresa/bff8a9816845beb4ec2e309d1d17a2fa/palmirahoy-Octubre-09-de-2010.php
Para palmiranos, un poco largo pero casi "historia patria de la ciudad"...
Las Córdobas
Autor: Mauricio Cappelli
Fue una tarde de julio de 1911, cuando el coche de cuatro caballos se detuvo en el parque Bolívar. Una banda de músicos, cuenta mi abuela, recibió a los viajeros, entre quienes habían dos señoritas vestidas de blanco. *-Bienvenidas a la Villa de las Palmas -* les dijo el de la guitarra. *- Mi nombre es Arístides Rengifo Viveros.*Las señoritas colorearon sus mejillas y dejaron volar un par de sonrisas.* - Gracias, muy amable - *contestó una. Enseguida alzaron sus rostros mirando con curiosidad las altas casas de alero con estrechos balcones de madera. *-¿Vienen de Popayán? -* Preguntó aquel. *- Sí -Contestó la otra.*
*- Ella es María de los Ángeles y yo soy Herlinda. -¿Y qué las trae por acá? -* Indagó de nuevo el hombre. Las señoritas giraron en sí observando a la gente que se abría paso con sus sueños en las calles, y se quedaron quietas como si la respuesta les empezara a germinar como una flor desde las entrañas. *- Las ganas de salir adelante -* Señalaron al mismo tiempo, con un optimismo sólo visto en quienes tienen un motivo sincero por el cual vivir. Luego caminaron hacia el parque.
Allí contemplaron los árboles tupidos, las finas verjas y las matas de coca que rodeaban el lugar. En el centro había una pequeña fuente, donde los pobladores de antaño sacaban el agua para el consumo y donde Bolívar, cuentan, se enjuagó el rostro cansado de tanta utopía. En la esquina, hoy calle 30 con 30, en la actual agencia de lotería, había una pared y en ella una frase escrita con carbón: “Se alquila,informes en la parroquia”. Las hermanas sonrieron.
Inmediatamente se presentaron con el padre Guillermo Becerra Cabal, quien a su vez las presentó con doña Arcelia Arce, dueña de la casa, quien se las alquiló por 45 centavos mensuales. Al día siguiente buscaron la agencia telegráfica y escribieron a Popayán: *"Familia: Llegamos sanas y salvas. Punto. Envíennos toda la ropa y el libro de recetas que está debajo de la cama. Punto. Se respira prosperidad. Punto. Nos quedamos. Atte Las Córdobas."*
Así, con los pocos ahorros que traían en las faldas y con un inusitado entusiasmo de adolescentes, ambas hermanas se pusieron manos a la obra a blanquear la casa con cal y a barrer los pisos de tierra, contrataron la construcción de un horno de arcilla en el patio, compraron cucharas de palo, ollas de barro y totumas, buscaron quién les hiciera las mesas y los asientos de guadua y negociaron el agua para filtrar con don Manuel y la leña con don Eurípides; y a la semana siguiente abrieron el sitio que hoy es un símbolo de identidad y de tradición en la ciudad, y que a lo largo de los años ha sido testigo de cómo un pueblo, a punta de ganas y sueños, se convirtió en la Palmira Señorial.
Un año más tarde, el 20 de Julio de 1912, se realizó en el parque Bolívar la primera retreta con la orquesta de Abraham Durán, ratificando ese pequeño paraíso como el punto de encuentro social y artístico. Más adelante, el 25 de octubre de 1913, el padre Guillermo Becerra, ya cliente acérrimo de las hojaldras de las Córdobas, llegó a su estadero. *-Misiá Herlinda, hágame un favor un vaso de agua -*Suplicó nervioso. *- ¿Qué le pasa, Padre? Se ve pálido -* Le atendió mientras su hermana venía corriendo de la cocina. *- No me lo van a creer -* Dijo. *- Soñé que Dios hablaba conmigo.* Las Córdobas abrieron los ojos y se persignaron.* - ¡SantoPadre Celestial! ¿Cómo así? - Sí -* Dijo ansioso. *- Dios se asomó a mí corazón y me susurró: “Padre Guillermo Palmira se creció, el Espíritu Santo ya no cabe en esta parroquia tan pequeñita. ¡Haga algo!” Y en ese momento me desperté. ¿qué hago?, no tengo un peso.* Ellas se miraron un instante y luego, como era habitual en ellas, respondieron al mismo tiempo: *- Pues pregúntele al pueblo, padre, el
pueblo es el sabio.* En efecto, al día siguiente, el padre Guillermo convocó una reunión en la Casa de Gobierno y todos aceptaron la idea con un exacerbado delirio de niños. Esa misma tarde se conformó la junta encargada de la construcción, entre quienes estaban los siempre cívicos Ramón Barona, Epifanio López y Sixto Antonio Cuevas, quienes movieron cielo y tierra para reunir los primeros 800 pesos oro para iniciar la obra.
El 23 de noviembre empezaron a trastear bancas, santos y cuanto coroto había para la capilla del Sagrado Corazón, hoy el Bethlemitas, que se acondicionó como parroquia provisional. El 3 de diciembre comenzaron a darle porra a los muros de la antigua iglesia y el 16 de enero de 1914, se colocó la primera piedra de la hoy majestuosa Catedral de Nuestra Señora del Rosario. Los planos los realizó el hermano redentorista Silvestre, de Buga; luego fueron perfeccionador por los ilustres Leoncio Lorza, Borrero y
Ospina B, quienes hicieron las bóvedas de la cúpula. El día de la selección de los trabajadores se presentó un muchacho descalzo, tímido y con apariencia de fortachón.
*-¿Nombre? - Samuel Domínguez.
- ¿Edad? - 22 años.
- ¿Ha trabajado en construcción? - Sí...
- ¿Qué horas son? -* Preguntó alguien por ahí.
El muchacho alzó la mirada y consultó nubes y pájaros.
*- Las once y treinta y cinco -* Respondió.
*- Las once y treinta y cinco -* Indicó otro que miraba su reloj. Era Guacarí, el inolvidable personaje que carreteó tierra, subió ladrillos y almorzó sopa de cernido y cuzcuz donde las Córdobas, quienes fueron testigos de cómo aquellos hombres sudaron la gota gorda para que Palmira tuviese un sitio digno dónde albergar sus sueños.
Por ese entonces andaba las calles para arriba y para abajo don Ángel María Galindo. *- Doña Herlinda, hágame un favor, deme un sancocho de uña que vengo molido. * Era el señor que iba de esquina en esquina con su escalera subiéndose a los postes, para cortar la mecha quemada y echarle cebo y combustible a los faroles que alumbraban las noches Palmiranas, cuando a la luna llena no le daba la gana de salir.
Hasta que el 1ro de febrero de 1916, toda la Villa se reunió en el parque para presenciar el momento cumbre cuando el ilustre Lisandro Navia Bueno hacía girar un bombillo en su mano y de repente ¡zuaz!, se iluminaba su rostro y el de los boquiabiertos presentes. Años atrás, don chepe Materón inauguraba el Salón Materón, donde se presentaban zarzuelas y obras de teatro, hasta que el 4 de septiembre de 1913 se echó a andar el invento del siglo XX. *-¡Auxilio, auxilio! -* Gritaba un niño que salió corriendo del Salón tocando todas las puertas. *- Un señor y una señora se están dando un beso en las sábanas de doña Otilia - *¡Ay, la inocencia! Lo que pasaba era que a la Villa había llegado el cine mudo.
Más adelante, el 20 de julio de 1917, un extraño "chucuchú" comenzó a escucharse desde lejos. *- ¡Llegó el progreso! -* Gritó un muchacho señalando la nube de humo, y todos corrieron a la estación a recibir el tren que unía en un sólo telar de oro a la Villa de las Palmas con el resto del país. Ese día los cocheros, quienes vestían zamarra de hule, sombrero de guaza de copa alza, poncho blanco y andaban con el fuete en la mano, se emborracharon de tristeza; porque el tal progreso les pasaba por encima. Por esos años ya eran tradicionales las fiestas patrias de la Batallas de las flores; y las Córdobas,cómo no, estuvieron siempre prestas para atender a los visitantes con sus deliciosas tortas de maíz y sus ya tradicionales tamales de guiso, que competían con los inigualables sancochos de gallina de las Morantes; con el pandeyuca de Susana Maquilón, que preparaba con migajón; y con los tamales de coclí de don Vicente, que tenían presas de muslo más grandes que un brazo.
El 25 de Junio de 1924 se celebró el Centenario de Palmira, para el cual se idearon unas Ferias de Exposición Agrícola y Artística a cargo del alcalde Eduardo Bueno y del comité encabezado por Carlos Becerra Cabal, Vicente Aragón, Olimpo Zapata y Ramón Barona, quien organizó las veladas literarias
en el Teatro Martínez y en el Club Cauca, fundado 4 años atrás. Ese día los poetas Francisco Barona Rivera, Guillermo Valencia, Jorge Ulloa, Luis Carlos Velasco, Julio César Arce y Ricardo Nieto, se desparapetaron en elogios a Palmira, haciendo vibrar los líricos corazones de la gente. En medio de las mesas, al alcance de todos, habían vasijitas de cristal llenas de dulcecitos de panela y coco rallado.
El 3 de octubre de 1925, el cuadro de la Virgen del Rosario regresaba a su casa en una imponente procesión. En el desfile, los muchachos de los colegios pasaban frente a las Córdobas lamiendo las vitrinas con los ojos, cuidando no irse de ñatas en alguno de los huecos abiertos en toda parte porque para ese entonces se estaba construyendo el acueducto y el alcantarillado de la ciudad. Ese mismo año se terminó la construcción de la antigua alcaldía, y a que no adivinan en dónde almorzaban los obreros sopa de torrejas y carantanta. Un año después, el excelentísimo Maximiliano Crespo nombró al presbítero José Manuel Salcedo párroco de la Catedral, quien continuó los trabajos con el arquitecto español Francisco Rigol.
En 1927, las hermanas Córdobas, por motivos desconocidos, vendieron su negocio a la señora Dominga Rivera, quien lo trasladó a media cuadra frente a lo que hoy es Kokorico. Dos años después aquella se lo vendió a doña Waldina Lorza, oriunda de Cartago, norte del Valle, quien pagó los 80 pesos
a punta de "Paspitas", una galleta que le había enseñado a hacer su abuela. Con su esposo, Apulio Figueroa, trabajó con ahínco para ampliar el negocio y trasladarse al sitio actual. Un día cualquiera llegó al estadero un señor en bicicleta con una caja de madera amarrada a la parrilla. *- Señora, mi nombre es Carlos, vivo en el Cerrito, vengo a ofrecerle este producto que hago en mi casa.* El tipo sacó una especie de moneda empolvada de harina y se la dio a doña Waldina, quien al morderla votó los ojos. Eran los sellitos de manjarblanco. Ese día don Carlos dejó cien y al caer la tarde ya no quedaba ni el untado en las canastitas de mimbre. Luego conocieron a doña Eulalia de San Pedro, con quien encargaron los novedosos dulces de arracacha.
Así, poco a poco, todos los Palmiranos fueron rindiendo su paladar a los dulces que doña Waldina preparaba y comercializaba. No había generación indiferente a esos encantos. Los estudiantes del Liceo Palmira se hicieron adictos a las panelitas de leche y apenas escuchaban la campana salían como un ventarrón de regocijos a comprar las provisiones del siguiente día, que escondían en sus amplios pupitres debajo de la Odisea y el Quijote. Así los adultos: *- Ya vengo, voy a la alcaldía -* Decía Domingo Irurita, interrumpiendo sus clases de francés. *- Doña Waldina, sea tan amable y me da veintidós sellitos* (uno por cada alumno) - Y salía por las calles rodando con sus ciento veintipico de kilos y una sonrisa de oreja a oreja. *- Cést la vie -* Decía *- Cést la vie.* Desde entonces las Córdobas se convirtieron en un paseo obligado los domingos, al volverse todo un ritual que los papás llevaran a sus hijos a mecatear , comprendiendo que la infancia no sólo se mide por la cantidad de travesuras que se hacen, sino también por el número de dulces que un niño, ávido de vida, puede comer.
Escipión Figueroa era uno de los hijos de Apulio y Waldina. Se bachilleró con los Maristas en Yanaconas y estudió Ingeniería Química en la Universidad Católica de Chile y una especialización en Michigan. Era un tipo de disciplina estricta y horario inglés. Su frase clásica era lo más diciente de su genialidad: *“La cabeza no es sólo para el sombrero y los piojos”.* Inventó, entre otras cosas, la arepaharina cuando trabajó en Quaker y el jabón líquido cuando estuvo en Varela. Un día, cuando administraba una fábrica de muebles en el barrio San Nicolás de Cali, se tropezó con una señorita de vestido aguamarina y mantilla blanca, y el corazón, como en las manos de un niño, se le volvió una melcocha. La señorita vivía enfrente de su casa, y desde entonces le dio por espiarla y tomarle fotos a través de las ventanas. La muchacha, quien le cogió pavor por lo sospechoso de su comportamiento, le daba la vuelta a la manzana para no encontrárselo. En una ocasión hubo una kermés en la iglesia y aquella andaba encartada vendiendo las boletas. Don Escipión se le acercó y le preguntó que si la podía acompañar. La muchacha, tímida, le respondió que no, que estaba ocupada. Pues don Escipión se fue donde el cura y le dijo: *"Padre, le compró todas la boletas si permite que aquella muchacha charle conmigo".* Y así fue como conoció a Martha Marmolejo, quien sería la esposa y madre de sus hijos y a quien doña Waldina le enseñaría todos sus secretos.
Gracias a la creatividad de don Escipión, las Córdobas dieron el paso a la excelencia empresarial al comenzar a fabricar sus propios dulces. Martha, quien no se cansaba de repetir su frase favorita:* “Nunca hay una segunda oportunidad para una primera impresión”,* aportó su inagotable espíritu de servicio, convencida de que un dulce también sirve para endulzar el alma. Con doña Waldina y don Apulio trabajaron duro para que las Córdobas, como una semilla, germinara en la memoria de todos los Palmiranos. ¡Y lo lograron! Hoy en día nuestras abuelas y abuelos guardan en sus recuerdos las caspiroletas con las que jugaron a las muñecas y que escondían debajo de la cama; las chancarinas y el dulce de grosellas, que venían en tubitos de papel; y los cuaresmeros, con los que calmaban sus antojos en Semana Santa; y con esa memoria guardada debajo de la lengua, abren cuantas veces quieren las puertas del cuarto oscuro de su infancia.
Así nuestros padres, quienes heredaron una empedernida adicción a las lenguas de gato, que se vendían en los teatros y que se fueron de este mundo cuando su creador, don Rubén Darío Figueroa, hermano de Escipión, se murió y nadie, formula en mano, fue capaz de volverlas a hacer. También desaparecieron el dulce de Batata porque el tubérculo no se volvió a conseguir; el dulce de Mamey, porque la gente cortó los palos del patio cuando los frutos maduros caían y dañaban las tejas; y el pandehorno y el pan de Guambia, que se dejaron de preparar porque los hornos modernos quemaban la hoja de biao. Aquellos eran los años en que la Maizena y la avena Quaker venían en tarro y en que los Madriñán repartían la leche en canastillas de seis botellas, que se dejaban en las puertas para que el repartidor las llenara. Y ahí amanecían.
Esas generaciones aprendieron a esperar con ansias el día del cañengo, y se acostumbraron a que doña Waldina los atendiera con su rebosante espíritu de amabilidad, siempre pendiente del detalle, del moño, de la cajita bien envuelta, del buenos días, buenas tardes. Así doña Martha, elegante y glamorosa, quien no ahorraba esfuerzos hasta asegurarse de que un cliente se iba satisfecho. Ambas siempre con un gesto y una palabra dulce que ofrecer. Ellas y sus esposos fueron fieles a los secretos de las recetas de las abuelas, convencidos de que las cosas para que quedaran bien hechas había que prepararlas con el alma. Por eso permaneció la tradición de batir el manjarblanco con cagüingas de cerezo y cocinarlo en paila de cobre, aunque demore la lavada, y servirlo con cuchara de mate porque si no, ¡juemichiga!, no sabe a lo mismo. Las frutas se compran donde doña Toña, ahí en la galería, y el azúcar, oígame bien, tiene que ser de Manuelita, porque si no, vaya usted a saber, los dulces cambian de color. Por eso las hermanitas Eder, Rita y Gertrudis, íntimas amigas de Waldina, ordenaron que a las Córdobas se les vendiera directamente los bultos que necesitaran.
Cliente fiel de las Córdobas fue el general Rojas Pinilla, quien enviaba una carta al despacho de Rafael Navas Pardo, en Palmira:* “Comandante, envíe los soldados que van al batallón Colombia y hágame el favor, y no se le olvide, me envía extensas provisiones de mecato de donde sabemos, porque me voy de gira por la patria”.* Por eso cada turista que ha visitado la Villa y ha conocido las Córdobas, se ha ido con un nuevo sentimiento que sólo es posible valorar por las posdatas de las cartas:* “Mijita, cuando vengas por los Yores trae dulces de las Córdobas”, “Mi amor, tengo antojos, tú sabes de cuales, te quiere, Pili”, “Abuela, te mandan a decir los vecinos que cuándo envías panelitas de leche”, “No te preocupes, envíame los cuaresmeros por correo que luego te hago el giro”, “¡Mamá! ¿qué pasó con las caspiroletas que no llegaron?”.* Y así.
Las Córdobas han llegado tan lejos que ingleses, japoneses, argentinos, árabes, italianos, marcianos, han tenido que chuparse los dedos y cambiar, al menos por un instante, la infame imagen que tienen de este bello país al abrir las cajas de dulces marcada de Colombia para el mundo, y encontrar en ellas una cara diferente, alegre y llena de vida. Por eso y no por otra cosa, las Córdobas han obtenido dos reconocimientos nacionales, uno de FENALCO, en el 2003, en Cartagena, y otro de antigüedad empresarial entregado por la UV. Sin embargo, el mayor premio es el cariño de los clientes que a diario continúan llevando sus antojos de niño y a sus niños, como sus padres lo hicieron con ellos, cuando señalaban las vitrinas balbuceando impaciencias, trenzándose las generaciones en este destino de la Ruta dulce de Colombia, donde más benditos imposible, pues la Catedral, el Paraíso, el Bosque, Malagana, las Victorias, y por supuesto, ¡las Córdobas!, donde todo lo que puede expresarse se expresa con una sonrisa, elevan a lo más alto nuestro orgullo.
Don Apulio murió en 1963 y doña Waldina, quien llenó de ensueños a esta ciudad, también murió, dicen que con una sonrisa de azúcar en los labios. Don Escipión falleció en 1980, y doña Martha, quien tenía el sueño de llevar a las Córdobas a Estados Unidos, y pasó cagüingas y pailas de cobre por la aduana y alcanzó a antojar a los gringos con sus dulces, abrió sus alas y nos dijo adiós en una silenciosa tarde de 1998. Hoy, cuando veo al sol y a los pájaros en la mañana y escucho risas entre las nubes, pienso que si hay días hermosos como éste es porque Dios está contento, porque tiene quién le haga las galletas.
Las Córdobas son una puerta del tiempo. Los muñecos de Walt Disney rellenos de licor, los dulces de vilanca, arracacha, casabe, lulo, alejandrino, guayaba, las brevas, alfandoques, cucas, caspiroletas, achiras, deditos, gelatinas, turrones, empanadas de cambray, pandeyucas, caramelos, panelitas de leche, la avena, el kumis, las orejas, brownis, turrones, quicenos, cuaresmeros, bombones de coco, sellitos de manjarblanco, bananas de aguardiente y las tortas pastor y de coco, han servido para que los Palmiranos abran las puertas de su memoria y regresen a su infancia y juventud; como lo harán, estoy seguro de ello, las futuras generaciones, que en una mezcla de alegría y nostalgia sabrán decir algún día: *“aquí me traía mi papá”;* para que todo, como siempre sucede, vuelva a comenzar.
*Las Córdobas, más que un lugar, es un sentimiento que se guarda aquí, entre el paladar y el corazón.***
Agradecimiento especial a María Claudia Figueroa.
Fuentes:
Silva Scarpetta, Alberto. Palmira esta es su historia.
Raffo, Tulio. Palmira histórica.
Anuario Estadístico de Palmira.
Sitios de interés turístico

Reserva Natural Nirvana